Cristo, la piedra angular
Los santos nos muestran nuestra humanidad y nuestra necesidad del amor de Dios
Cuando el santo despierta de esa noche oscura de amor en la que el yo ha muerto, él también emerge a la luz, él también conoce la maravilla de la Trinidad en sí mismo. Cristo ha resucitado en él, Cristo se forma en él, el Espíritu Santo desciende sobre él y su vida es el aliento del Espíritu de amor. La santidad es la integridad del hombre, la plenitud y la totalidad de su humanidad; en ella, el sufrimiento y la alegría se funden como una sola cosa: el amor; y el amor es Cristo. (Caryll Houselander)
El domingo 1.o de noviembre es la solemnidad de Todos los Santos. Es un día en el que le damos gracias a Dios por el testimonio de todas las mujeres y hombres santos—ya sean conocidos o desconocidos, reconocidos oficialmente por la Iglesia u ocultos en la cotidianidad—cuyas vidas revelan la plenitud de nuestra humanidad y el amor incomparable de Jesucristo.
El Día de Todos los Santos está lleno de alegría. Es una celebración audaz de la esperanza que se nos sembró en el corazón en nuestro bautismo. Con Cristo, hemos muerto al pecado y al egoísmo. Y estamos llamados a honrar a todos los santos, cuyas vidas dan testimonio del sacrificio supremo que Cristo hizo por cada uno de nosotros cuando murió en la cruz para luego resucitar triunfante sobre toda forma de oscuridad y muerte.
Para citar un dicho popular: “Cada santo tiene un pasado y cada pecador tiene un futuro.” El contexto original de este refrán es sarcástico. Buscaba minimizar la diferencia entre quienes son venerados como modelos de santidad y el resto de la humanidad pecadora.
Pero, de hecho, aquí hay una verdad profunda. Cada ser humano, excepto la Santísima Virgen María, lleva en su vida las consecuencias del pecado original: la tendencia a no ser todo lo que Dios quiere que seamos como sus hijos amados.
Incluso los santos más grandes lucharon contra el egoísmo y el pecado. Su santidad se reconoce no porque estuvieran libres de los efectos del pecado original, sino por su capacidad de renunciar a su ego y aceptar la voluntad de Dios en sus vidas.
El hecho de que los grandes pecadores puedan convertirse en grandes santos es un signo de esperanza para todos nosotros. La verdad es que cada santo tiene un pasado, y cada pecador tiene esperanza para el futuro.
La primera lectura de la solemnidad de Todos los Santos (Ap 7:2-4; 9-14) habla de la “muchedumbre inmensa, incontable, que procedía de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7:9), que se ha reunido en el cielo para dar gloria y alabanza a Dios. “Ésos son los que llegan de la gran tribulación—dicen las Escrituras—han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7:14).
El símbolo de lavar sus vestiduras habla de su conversión: pasar de ser personas egocéntricas a ser mujeres y hombres cuyas vidas ahora giran en torno a Cristo. Este cambio radical de mente y corazón es lo que Jesús nos pide a cada uno de nosotros si de verdad queremos ser felices (bendecidos) como hijos amados de Dios.
En el Evangelio de Todos los Santos (Mt 5:1-12), el Señor no define la felicidad tal y como a menudo la entendemos: como una de las muchas formas diferentes de autogratificación o placer. Jesús describe la felicidad (la bienaventuranza) de una forma radicalmente diferente:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. (Mt 5:3-12).
Los santos son aquellos que son pobres de espíritu, que lloran como lo hizo Jesús, que son mansos y humildes de corazón, que muestran bondad y misericordia, que son pacificadores con corazones puros y que aceptan cualquier injusticia que se les inflija en el nombre de Jesús. Los santos son pecadores que se han arrepentido y han sido transformados. Han abierto sus corazones a Dios y ahora pueden regocijarse en el amor y la misericordia abundantes de Dios.
La solemnidad de Todos los Santos celebra a todos los que encajan en esta descripción, ya sea de manera valiente o en secreto. ¡Regocijémonos y alegrémonos con ellos, dando gloria y alabanza a Dios por el don de todos los santos! †