October 23, 2026

Cristo, la piedra angular

El amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo

Archbishop Charles C. Thompson

“Cada Igle En la lectura del Evangelio del trigésimo domingo del tiempo ordinario (Mt 22, 34-40), uno de los fariseos, “un experto en la Ley”, le pregunta a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22, 36). San Mateo nos dice que este es otro intento de tenderle una trampa a Jesús, de engañarlo para que diga algo polémico o incluso blasfemo.

Una vez más, Jesús se niega a participar en juegos de palabras o a caer en una trampa tendida por sus enemigos. Los eruditos judíos identifican 613 leyes o mandamientos en la Torá. Estas se dividen comúnmente en 248 mandamientos positivos (cosas que se nos ordena hacer) y 365 prohibiciones (cosas que se nos ordena no hacer). En lugar de elegir uno de estos mandamientos, nuestro Señor responde centrándose en el significado de la ley misma —el Amor— en su aspecto dual e inseparable: el amor a Dios y el amor al prójimo. El mandamiento más importante, dice Jesús, es la Ley del Amor:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 37-40).

Nada es más importante que el amor, pero precisamente por eso es esencial que comprendamos lo que significa realmente y que rechacemos todas las definiciones falsas y egoístas del amor.

Cada persona humana es portadora de la bondad y la dignidad de Dios. Amar a Dios es amar lo que Dios ha creado y ama; amar a nuestro prójimo no es simplemente un deber moral adicional sino una respuesta a la imagen divina y a la bondad presentes en cada persona. La caridad cristiana (agapē) significa buscar el bien del otro sin exigir nada a cambio, porque la otra persona es intrínsecamente valiosa y digna de ser amada.

El amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. Jesús los presenta como dos aspectos de un mismo movimiento de amor auténtico. Al unirlos y otorgarles la misma importancia, Jesús muestra que el amor auténtico a Dios se expresa necesariamente en el amor hacia los demás.

Santo Tomás de Aquino define el amor principalmente como “querer el bien del otro”. En su enseñanza, el amor no es meramente un sentimiento; es un acto de la voluntad mediante el cual se desea y se busca el bien de otra persona. El amor auténtico es, por lo tanto, un movimiento racional y libre hacia el bien de otra persona, fundamentado en el reconocimiento de la bondad de esa persona y ordenado, en última instancia, hacia Dios, el Bien supremo. El amor a Dios y el amor al prójimo van de la mano: amar a Dios nos abre a amar a los demás tal como Dios los ama, mientras que amar a nuestro prójimo nos ayuda a crecer en el amor a Dios.

Esto difiere de otras formas de amor. El afecto (storgē), la amistad (philia) y el amor romántico (eros) son buenos, pero la caridad cristiana antepone el bien del otro. Con demasiada frecuencia, nuestra cultura secular define el amor como una forma de autogratificación que implica sentimientos placenteros, beneficio mutuo o atracción romántica. Este no es el amor que Jesús nos enseñó con sus palabras y su ejemplo.

El amor al prójimo pone a prueba si el amor a Dios que afirmamos sentir es auténtico. La primera carta de san Juan (1 Jn 4, 20-21) lo expresa con una claridad excepcional:

Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Jn 4, 20).

El prójimo visible se convierte en la prueba concreta de una relación con Dios que, de otro modo, sería invisible. A esto nos referimos cuando hablamos de caridad cristiana (agapē).

La propia naturaleza de Dios es el amor abnegado. Jesús revela a Dios como el amor incondicional: el Padre misericordioso que acoge al hijo pródigo, perdona a los pecadores e incluso ama a los enemigos. Por lo tanto, amar a Dios no consiste simplemente en sentir devoción o realizar prácticas religiosas; consiste en transformarse gradualmente en una persona que comparte la compasión, el perdón, la misericordia y la generosidad de Dios.

Cuando Jesús dice que toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos, está revelando la verdad fundamental acerca de su propia vida y ministerio. Por amor y obediencia a su Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad sacrificó su divinidad y asumió nuestra humanidad. Él “deseó el bien del otro” (todos nosotros, quienes hemos sido creados a imagen de Dios), y nos mostró, mediante su pasión, muerte y resurrección, en qué consiste realmente el amor. Lo que el Antiguo Testamento (la ley y los profetas) ordenaba se cumplió a la perfección en el amor abnegado de Jesús, quien por nosotros sufrió una muerte humillante y dolorosa en la cruz.

Dios mismo demuestra la verdad de que el amor a Dios y el amor al prójimo no pueden separarse. †

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