October 16, 2026

Cristo, la piedra angular

La ley del amor de Dios también debe ser lo primero en nuestra vida

Archbishop Charles C. Thompson

La lectura del Evangelio del vigésimo noveno domingo del tiempo ordinario (Mt 22:15-21) contiene uno de los dichos más conocidos de Jesús: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios” (Mt 22:21).

Tal y como nos cuenta san Mateo, los fariseos querían tenderle una trampa a Jesús, así que, tras halagarlo con elogios superficiales, le preguntaron: “¿Es lícito pagar tributo al César o no?” (Mt 22:17). Si Jesús respondía que sí, podría dar la impresión de que aprobaba el dominio romano; si respondía que no, se le acusaría de fomentar la rebelión contra el poder dominante.

Consciente de su malicia, el Evangelio cuenta que Jesús les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo” (Mt 22:18-19). Entonces le entregaron la moneda romana. Les preguntó entonces: “¿De quién son esta imagen y la inscripción?” (Mt 22:20). Ellos respondieron: “Del César” (Mt 22:21). Ante esto, Jesús respondió a su pregunta capciosa con una respuesta enigmática: “Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios” (Mt 22:21).

La respuesta de Jesús a la pregunta capciosa de los fariseos evitó su trampa, pero hizo mucho más que simplemente resolver una cuestión tributaria. Las palabras del Señor describían una distinción fundamental entre la autoridad civil y la autoridad divina. También les recordó (y nos recuerda a nosotros) el primer y mayor mandamiento:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”(Mt 22:37-40).

La moneda con la efigie del César representa el ámbito de la administración civil. Las palabras de Jesús reconocen que los ciudadanos tienen obligaciones para con la comunidad política, entre ellas el pago de impuestos, la obediencia a las leyes justas, la participación en la vida pública y la cooperación en actividades que promuevan la paz y la justicia para todos.

En la doctrina social católica se reconoce el papel legítimo del Estado. La Iglesia enseña que la autoridad política existe para proteger a las personas, defender la justicia y promover el bien común, incluyendo bienes sociales tales como las carreteras, el agua, la protección policial, la defensa, la educación y el trabajo digno. Los ciudadanos no deben considerar al gobierno, la ley o la responsabilidad cívica como algo opuesto a la religión. Al mismo tiempo, como dijo santo Tomás Moro cuando estaba a punto de ser ejecutado por negarse a desobedecer la ley de Dios: «Muero como buen servidor del rey, pero primero de Dios». Dios es lo primero: siempre y en todas partes.

Jesús se niega a ser manipulado por sus enemigos. Su mensaje evangélico es profundo y abarca todos los aspectos de la vida humana, pero no es un manifiesto político. Todo intento de clasificar a Jesús como un reformador social o un fanático religioso pasa por alto el sentido de su vida y de su enseñanza. Jesús es el Verbo de Dios encarnado. Sus palabras, sus parábolas, sus milagros y su poder sanador tienen un solo propósito: ayudarnos a arrepentirnos y a volver a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Dios es lo primero. Siempre y en todas partes. Sí, debemos obedecer a la autoridad legítima mediante el pago de nuestros impuestos, el cumplimiento de las leyes justas y el esfuerzo por hacer todo lo posible por promover el bien común de todos.

Pero, en última instancia, estamos llamados a subordinar todas estas cosas buenas a la ley de Dios. Solo hay un mandamiento que exige nuestra obediencia absoluta, y es la Ley del Amor.

Sí, debemos dar al César lo que es del César, pero esta obligación nunca se antepone al deber que tenemos de amar a Dios de manera absoluta y de amar a nuestras hermanas y hermanos con el mismo amor abnegado que Dios nos brinda. Solo hay una ley que está por encima de todas las demás obligaciones, por muy importantes que sean. Esa ley nos ordena dar a Dios lo que le pertenece solo a Él: un amor santo y desinteresado que se expresa en la adoración, la abnegación y el servicio genuino.

Jesús no les pide a sus discípulos (a todos nosotros) que hagan cosas que Él se niega a hacer. No nos pide que desafiemos a la autoridad legítima ni que desobedezcamos las leyes justas que rigen la sociedad civil. No quiere que caigamos en la misma trampa que le tendieron los fariseos. Por eso nos dice que devolvamos al César lo que le pertenece. Pero también es cierto que Jesús nos llama a ser siervos fieles y obedientes de nuestro Padre que está en los cielos. La Ley del Amor de Dios es el mandamiento que prevalece sobre cualquier otra ley.

El Señor nos dice que debemos dar a los sucesores del César en la autoridad civil lo que legítimamente les pertenece. Pero asegurémonos de dar a Dios, ante todo, la adoración, la obediencia sincera y el amor desinteresado que solo le pertenecen a Él. †

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