Cristo, la piedra angular
Seamos como niños pequeños, recibamos a nuestro ángel de la guarda
Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. (Mt 18:10)
La fecha de publicación de esta columna es el viernes 2 de octubre, memorial de los Santos Ángeles Custodios. La Iglesia nos enseña que a cada uno se nos ha asignado un ángel de la guarda para protegernos, guiarnos e interceder por nosotros en nuestro camino hacia el cielo. Los ángeles custodios o de la guarda son instrumentos de gracia cuyo propósito es ayudarnos a cada uno de nosotros a responder libremente al amor y la misericordia de Dios.
En la lectura del Evangelio para el memorial de hoy (Mt 18:1-5, 10), Jesús les dice a sus discípulos que el más grande en el reino de los cielos es tan humilde e inocente como un niño pequeño. El Señor también dice que quienes se vuelven como niños pequeños gozan del favor especial—y de la protección—de los santos ángeles de Dios.
¿Qué son los ángeles? La Iglesia nos enseña que los ángeles son seres espirituales creados por Dios para participar en su vida divina. A diferencia de los seres humanos, que tienen tanto cuerpo como alma, los ángeles son criaturas espirituales incorpóreas, finitas y totalmente dependientes de Dios.
Los ángeles son seres personales, no meras fuerzas impersonales ni símbolos poéticos; poseen inteligencia y libertad. Algunos aceptaron libremente la voluntad de Dios y se volvieron santos; otros rechazaron a Dios y se convirtieron en ángeles caídos, comúnmente llamados demonios. Estos son seres espirituales malévolos que buscan tentar, engañar, desanimar y alejar a los seres humanos de Dios. Las enseñanzas de Jesús identifican al “diablo y sus ángeles” como destinados al juicio, al tiempo que afirman que Cristo los ha derrotado de manera definitiva.
La palabra “ángel” significa “mensajero” y esto describe su misión: los ángeles sirven a nuestro Dios trino y participan en la obra de Dios de creación, redención y santificación. Dios no necesita ayuda alguna, pero elige compartir su obra con criaturas inteligentes, tanto angelicales como humanas. Las funciones de los ángeles pueden incluir la oración, la guía, la protección, la inspiración y, cuando Dios lo dispone, una intervención extraordinaria acorde con su providencia. Así ocurrió cuando el arcángel Gabriel se le apareció a María para anunciarle su papel en la historia de la salvación (cf. Lc 1:26-38), y en las ocasiones en que un ángel se le apareció a José en sueños para tranquilizarlo respecto a la fidelidad de María hacia él y para advertirle sobre las malas intenciones de Herodes.
La doctrina católica entiende que todas las criaturas de Dios (los seres humanos aquí en la Tierra, los ángeles y todos los santos en el cielo) están unidas en el plan salvífico de Dios. Las Escrituras describen las oraciones de la Santísima Virgen María y de todos los santos como unidas al ministerio de los ángeles ante el trono de Dios. Por eso podemos pedirles a los ángeles—especialmente a nuestro ángel de la guarda—que oren por nosotros y nos protejan. Dicha devoción no sustituye la adoración a Dios, la cual le corresponde únicamente a Él; a los santos y a los ángeles se les honra como siervos y amigos de Dios.
La ayuda que recibimos de nuestros ángeles de la guarda debe entenderse dentro del marco del plan más amplio de Dios, que permite que todas sus criaturas participen de manera adecuada en la obra de la salvación.
La Iglesia enseña que las oraciones y las acciones de los seres celestiales pueden ayudar a quienes estamos en la Tierra, y las Sagradas Escrituras presentan a los santos ángeles como acompañantes de las oraciones de todos los santos en el cielo. Dios sigue siendo la fuente primordial de toda gracia y el autor de nuestra salvación, pero contamos con la ayuda de los ángeles y los santos en el cielo para aceptar el amor y la bondad de Dios.
Los ángeles de la guarda son instrumentos de la providencia divina. El Espíritu Santo es la fuente principal de la gracia santificante, mientras que los ángeles sirven a Dios ayudándonos a responder libremente a su amor. Dios siempre respeta nuestra libertad: los ángeles y los santos pueden influir en nosotros o ayudarnos, pero no pueden obligarnos a elegir ni el bien ni el mal.
Esto significa que la protección de un ángel de la guarda no garantiza que nunca vayamos a pecar, enfermarnos, cometer errores o morir. Seguimos siendo libres de elegir entre la voluntad de Dios y la nuestra.
Los ángeles pueden protegernos, advertirnos, fortalecernos o guiarnos, pero no sustituyen nuestra libertad humana. Esto, en sí mismo, es un gran don de Dios. No somos marionetas controladas por otros, sino mujeres y hombres libres a quienes se nos invita a discernir la voluntad de Dios para con nosotros y a elegir libremente lo que es bueno.
El memorial de los Santos Ángeles Custodios de mañana debería ser un motivo de agradecimiento y alegría. Dios nos brinda toda la ayuda necesaria—incluidos los ángeles que nos protegen, guían e inspiran—para que elijamos libremente aceptar su amor y su perdón. Demos gracias a Dios por nuestros ángeles custodios, quienes “siempre miran el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18:10), y recibamos con alegría su compañía en nuestro camino hacia nuestro hogar en el Cielo. †