Cristo, la piedra angular
En nuestra debilidad, Cristo nos llama a guiar a otros hacia Él
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. (Mt 28:19-20).
El artista italiano Caravaggio es el autor de un famoso cuadro, “La vocación de San Mateo” (1599-1601), que se encuentra en la Capilla Contarelli de la iglesia de San Luigi dei Francesi, en Roma. Esta obra maestra del Barroco retrata a Jesús llamando a Leví, el recaudador de impuestos (san Mateo), para que lo siga, utilizando una dramática combinación de luces y sombras para tender un puente entre lo divino y lo cotidiano.
Jesús señala con el dedo al hombre que se convertirá en uno de sus más grandes evangelistas, pero Leví/Mateo parece preguntarse si Jesús no lo habrá confundido con otra persona. “¿Quién, yo?” parece decir su expresión. Evangelio nos cuenta que el resto de los allí presentes compartían la duda del recaudador de impuestos y preguntaron a los discípulos: “¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?” (Mt 9:11). Jesús, al oír lo que decían, respondió: “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9:12-13).
Jesús llama a pecadores como san Mateo, cuya fiesta celebramos el 21 de septiembre. De hecho, nadie a quien Jesús haya llamado (excepto su Madre María) está libre de pecado ni exento de la necesidad de un médico divino.
Al repasar los últimos 2,000 años de historia cristiana, podemos ver sin lugar a dudas que los seguidores de Jesús—incluidos los santos y mártires más famosos—eran mujeres y hombres que necesitaban el perdón misericordioso de Dios y su gracia salvadora.
“No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal” (Mt 9:12), dice Jesús. Se refiere a nosotros, las personas a quienes ha elegido para ser sus testigos y llevar su mensaje de evangelización hasta los confines de la Tierra.
Hace apenas dos días, nuestra Iglesia honró la memoria de san Pío de Pietrelcina (Padre Pío). Nacido en Italia en 1887 con el nombre de Francesco Forgione, tuvo una infancia difícil, marcada por mucho dolor y sufrimiento debido a enfermedades que parecían ser tanto físicas como espirituales. A los 15 años, a pesar de sus numerosos problemas de salud, ingresó en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y adoptó el nombre religioso “Pío.” Siete años más tarde, en agosto de 1910, aunque su salud seguía siendo precaria, fue ordenado sacerdote y celebró su primera misa.
La vocación del Padre Pío ilustra de manera impresionante la afirmación del Señor de que Él llama a los enfermos, a quienes necesitan su sanación física y espiritual. El Padre Pío sufrió toda su vida—llegando incluso a compartir las heridas de Cristo (los estigmas)—pero utilizó sus discapacidades espirituales y físicas como instrumentos de perdón y sanación para los demás. Al momento de su muerte, en 1968, era venerado en toda Italia y más allá por su santidad y su capacidad para inspirar a otros con la misericordia de Dios y su gracia sanadora.
El llamado a la santidad no se limita a quienes gozan de buena salud—física, moral o espiritual—sino que se extiende a todos. Como dice Jesús, él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores. Eso significa, por supuesto, que nos está invitando aquí y ahora a responder a su llamado, tal como lo hizo Mateo, y a despojarnos de nuestras preocupaciones pecaminosas para seguir a Jesús. También significa que, al igual que el Padre Pío, se nos desafía a ofrecer nuestras dolencias y debilidades para permitir que el poder de la gracia de Dios nos transforme de personas ensimismadas en seguidores de Cristo que nos entregamos al servicio de los demás.
Mañana, sábado 26 de septiembre, la Iglesia nos invita a recordar a los santos Cosme y Damián, hermanos nacidos en Arabia en el siglo III, quienes también fueron médicos. Se les honra tanto por su ministerio de sanación—que ofrecían gratuitamente a cualquiera que necesitara atención médica—como por su testimonio de fe cristiana como mártires que sufrieron brutales torturas y la muerte a causa de su amor por Jesucristo.
Cuatro santos distintos (Mateo, Cosme y Damián, y Pío de Pietrelcina), que representan diversas culturas, orígenes y épocas de la historia de la Iglesia, nos recuerdan que el llamado a la santidad es universal. Se nos concede a todos con la invitación a utilizar todos los dones que Dios nos ha dado y, aun en las circunstancias más difíciles, a seguir a Jesucristo y a proclamar con nuestras vidas que el amor de Dios puede sanarnos de todas nuestras aflicciones.
Pidámosle a María, Salud de los Enfermos, y a todos los santos, que intercedan por nosotros ante su Hijo, el Médico Divino, mientras respondemos a su llamado universal a la santidad. †