September 18, 2026

Uno en Cristo / Daniel Conway

La verdad de Jesús debe guiarnos en los tiempos de la inteligencia artificial

La reciente encíclica del papa León XIV, “Magnifica Humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial,” es una enérgica defensa del octavo mandamiento, que nos prohíbe dar falso testimonio (mentir) sobre nosotros mismos, nuestros seres queridos o sobre desconocidos.

En palabras del Santo Padre:

El uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso, mezclando datos y opiniones. (#132)

La encíclica reconoce que la “desinformación” es tan antigua como la propia humanidad. De hecho, se manifestó por primera vez en el Jardín del Edén cuando la serpiente (el Padre de la Mentira) les dijo a nuestros primeros padres que comer el fruto prohibido los haría semejantes a Dios.

Si bien es cierto que “dar falso testimonio” es parte triste de nuestra condición humana pecaminosa, nuestra situación actual eleva el arte de decir mentiras a un nuevo nivel.

El papa León señala que:

La desinformación no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador. La posibilidad de manipular contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales o engañosas. El problema afecta a la dimensión cultural y moral, ya que la calidad de la comunicación pública depende directamente de la confianza social y repercute en ella. (#132)

Mentir es una grave ofensa contra la verdad; es hablar o actuar de forma contraria a la verdad con el fin de engañar. La gravedad de la mentira se mide en función de la naturaleza de la verdad que distorsiona. Incluso decir una “mentira blanca” está mal, en tanto que las más flagrantes son destructivas y constituyen un pecado grave.

El papa Benedicto XVI escribió a menudo sobre la relación entre la verdad y la libertad. Sin la verdad, la libertad es una ilusión o una falsa esperanza. Por ejemplo, cuando a una mujer se le cuenta esa gran mentira de que el aborto no es el asesinato deliberado de un ser humano inocente, se convierte en víctima de una ideología que atenta contra la vida y contra la mujer. Su libertad como ser humano y como madre se ve mermada por las mentiras que difunde muchas en nuestra sociedad y que nuestras leyes refuerzan.

Como deja claro el papa León, la verdad exige “verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa” (#132). Se basa en la realidad (los hechos) y no es simplemente lo que queramos que sea. Tal como afirma el Santo Padre: [la verdad] “es aún más relacional: se construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto con los demás y con el mundo” (#132). La naturaleza misma de la inteligencia artificial hace que resulte difícil, si no imposible, establecer esos vínculos de confianza tan profundamente humanos que son necesarios para transmitir verdades que preferiríamos no oír.

Cuando Pilato interrogó a nuestro Señor, este dijo que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18:37). A lo que Pilato respondió con un escepticismo muy propio de nuestros tiempos y formuló la siguiente pregunta: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18:38). La respuesta entonces (y ahora) es: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6). Para descubrir la verdad sobre nosotros mismos y sobre el mundo en el que vivimos, debemos fijarnos en Jesús. El encuentro personal con Él es lo que nos permite reconocer y aceptar la verdad.

En este sentido, el papa León escribe:

Los contenidos que circulan en los entornos digitales influyen en la forma en que las personas perciben el mundo e introducen en la conciencia colectiva imágenes y relatos que orientan los deseos e influyen en las decisiones cotidianas. “No es un mundo paralelo o puramente virtual,” porque lo que surge en internet pasa a formar parte de la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes. (#135)

“Por eso, quienes controlan las plataformas digitales y los medios de comunicación tienen una notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad” (#136). Esta capacidad de influir en lo que la gente considera verdad conlleva una enorme responsabilidad.

“Es un poder que debe ser continuamente iluminado por la búsqueda de la verdad y el respeto de la dignidad humana, para que la cultura que se genera en la red no se convierta en instrumento de distracción excesiva, de homogeneización y de dominio, sino en un espacio en el que puedan madurar la libertad interior y el pensamiento crítico” (#136).

Quienes reconocemos a Jesús como la fuente de toda verdad tenemos el deber de salvaguardar lo que se transmite en nombre de la verdad. Independientemente de cómo se generen, las mentiras distorsionan la imagen de Dios que constituye el fundamento de la dignidad humana.
 

(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.) †

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