Cristo, la piedra angular
Al igual que en el amor, solo nos pertenece aquello que somos capaces de dar
Que el malvado abandone su conducta, el hombre inicuo sus pensamientos, y se vuelva a Yahvé, el compasivo, a nuestro Dios, generoso en perdón. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros proyectos son mis proyectos—oráculo de Yahvé—. Pues cuanto se elevan los cielos sobre la tierra, del mismo modo se elevan mis proyectos sobre los vuestros y mis pensamientos sobre los vuestros. (Is 55:7-9)
El Evangelio del vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario (Mt 20:1-16) pareciera tremendamente injusto. Jesús cuenta una parábola sobre el propietario de una viña que contrata a trabajadores por un salario acordado. Algunos pasan todo el día trabajando para ganarse su paga. A otros los traen hacia el final de la jornada y, por eso, solo trabajan unas pocas horas.
Ya sabemos cómo termina esta parábola. Al final del día, el propietario les paga a todos lo mismo, lo que significa que los que trabajaron mucho menos de un día completo reciben la misma paga que los que trabajaron todo el día.
Como es lógico, los que trabajaron todo el día se sienten estafados y ofendidos en su sentido básico de la justicia y se quejan: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y resulta que les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor” (Mt 20:12).
El propietario no niega que haya una contradicción aquí, pero les recuerda que hay algo más poderoso e importante que la simple justicia. Según Jesús, el propietario les responde:
Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno? (Mt 20:13-15)
Y luego Jesús añade: “Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, últimos” (Mt 20:16).
Jesús nos dice que los caminos de Dios no son nuestros caminos. Nos enseña que la virtud de la generosidad está por encima de la justicia común, y que quienes dan libremente sin medir el costo reciben mucho más de lo que dan.
San Juan Pablo II solía decir que en realidad solo nos pertenece aquello (tanto espiritual como material) que somos capaces de regalar. El amor es el mejor ejemplo. No podemos aferrarnos al amor ni acapararlo. El amor hay que regalarlo, y cuanto más podamos compartir nuestro amor desinteresadamente, más plenamente nos pertenece.
El papa Benedicto XVI subrayó esta enseñanza cuando destacó que la naturaleza misma de Dios (la Santísima Trinidad) demuestra el principio de que el amor verdadero no puede contenerse, sino que debe compartirse generosamente.
Todos los dones espirituales—incluidas la esperanza, la alegría y la paz—están destinados a ser compartidos. Pero también lo están nuestras posesiones materiales, que no nos pertenecen de manera exclusiva ni permanente, porque no podemos llevárnoslas cuando morimos. De una forma u otra, debemos desprendernos de lo que tenemos y permitir que beneficie a otros. ¿Por qué no seguir el ejemplo del propietario de esta parábola y ser generosos, además de justos?
La generosidad es una de las cuatro características de la corresponsabilidad cristiana. Junto con la gratitud, la responsabilidad y la voluntad de devolverle a Dios con creces, la generosidad confirma nuestra comprensión de que todo lo que tenemos, y todo lo que somos, nos viene de un Dios generoso y amoroso. No merecemos lo que se nos ha dado, y no «somos dueños» de nada de manera absoluta.
Somos corresponsables (guardianes o cuidadores) de las bendiciones espirituales y materiales que, en última instancia, le pertenecen solo a Dios. Todo lo que Dios nos pide—a nosotros, sus fieles administradores—es que cultivemos y desarrollemos nuestros dones (en lugar de enterrarlos o descuidarlos) y que los compartamos generosamente con los demás (quienes tampoco lo merecen).
La próxima semana (del 20 al 23 de septiembre), representantes de nuestra Arquidiócesis se unirán a participantes de otras parroquias y diócesis de Estados Unidos y muchos otros países para la LXIV Conferencia Anual de Corresponsabilidad de la ICSC, que este año se llevará a cabo en Nueva Orleans. El cardenal Joseph W. Tobin, arzobispo de Newark, Nueva Jersey, dará la conferencia magistral sobre “Corresponsabilidad, sinodalidad y dones transformadores.”
Acompáñenme en oración para que la enseñanza sobre la generosidad que se refleja en el Evangelio este domingo quede reforzada por todos los líderes parroquiales y diocesanos que “llevan este mensaje” a sus hermanos católicos, para que, a la hora de compartir todos los dones de Dios, todos podamos comportarnos de una manera digna del Evangelio de Cristo (cf. Fil 1:27).
Si de verdad somos generosos—compartiendo los dones de Dios con gratitud, responsabilidad y multiplicándolos—los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. †