September 11, 2026

Cristo, la piedra angular

Al conmemorar un día de horror, honremos también la esperanza de María

Archbishop Charles C. Thompson

Hoy, 11 de septiembre, recordamos con gran dolor el día, hace 25 años, en que tantas de nuestras hermanas y hermanos perdieron la vida a causa de actos sin sentido de violencia y terror. Casi 3,000 personas fallecieron este día en el año 2001 en Nueva York, Washington, D.C., y Shanksville, Pensilvania.

El 9/11, como se lo suele llamar, fue un día de horror y destrucción, pero también fue un día en el que muchos socorristas de diversos orígenes y condiciones sociales demostraron un heroísmo y un valor extraordinarios. Lloramos a las víctimas con lágrimas amargas, pero también damos gracias a Dios por los hombres y mujeres del 9/11, cuyo heroísmo es un signo perdurable de esperanza en un mundo que, muy a menudo, se ve consumido por la desesperación. Durante la conmemoración de hoy, en el 25.o aniversario, millones de estadounidenses se unirán en una poderosa expresión de unidad, dejando de lado las diferencias para recordar a quienes dieron su vida en este trágico día.

Oremos para que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, nos una a nuestros compatriotas estadounidenses y a personas de todas las razas y nacionalidades en el esfuerzo por hacer de la no violencia una forma de vida permanente para todos. Que la conmemoración de días trágicos como el 9/11 sea un recordatorio vívido de que la paz solo es posible cuando nos negamos a permitir que la ira, el odio, el racismo y la intolerancia religiosa existan en nuestros corazones y en nuestro mundo.

Mañana, sábado 12 de septiembre, la Iglesia celebrará el memorial del Santísimo Nombre de la Virgen María. A nuestra Santísima Madre se la conoce por muchas advocaciones y títulos diferentes que resaltan sus diversos atributos y que identifican lugares o circunstancias específicas asociadas a ella, como Guadalupe, Lourdes y Fátima.

La festividad de mañana, por ejemplo, fue incorporada al calendario litúrgico por el beato papa Inocencio XI en agradecimiento por la liberación de la ciudad de Viena del asedio otomano el 12 de septiembre de 1683. Jan Sobieski, rey polaco y comandante cristiano que luchó y conquistó la victoria en Viena, había confiado previamente a su ejército a la protección de María ante la imagen de Nuestra Señora de Czestochowa. Por lo tanto, se consideró que una devoción particular hacia la Santísima Virgen influyó en el resultado de esta batalla histórica, y su santo nombre es venerado en este día debido a su cercanía a Jesús, el Príncipe de la Paz.

Los católicos veneramos a la Santísima Virgen María porque Dios le otorgó un papel especial en la Encarnación y en la vida de la Iglesia. Venerar significa mostrar profundo respeto, honor o reverencia por una persona, un lugar o una cosa, a menudo debido a su avanzada edad, sabiduría, santidad o talento. Veneración no es sinónimo de adoración, la cual le corresponde únicamente a Dios.

María recibe un gran honor dentro del pueblo de Dios debido a su relación absolutamente única con Jesús y porque la gracia de Dios se manifestó de manera excepcional en su vida. Nosotros, los católicos, creemos que honrar a María, en última instancia, protege y proclama la verdad sobre quién es Jesús, tanto en su naturaleza divina como humana. El honor otorgado a la Madre emana de la dignidad de su Hijo.

En el gran himno bíblico, el Magnificat, María afirma: “Desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1:48). Los creyentes consideran que la veneración mariana es el cumplimiento de esta profecía bíblica. María no se atribuye a sí misma su grandeza; la explica de inmediato diciendo que “ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso” (Lc 1:49). Los católicos honramos a María tanto porque Dios ha obrado de manera tan magnífica en ella y a través de ella, como porque su libre aceptación de la voluntad de Dios para con ella puso en marcha la Encarnación de Cristo, su ministerio público y su pasión, muerte y resurrección.

Mientras agonizaba en la cruz, Jesús le dijo a san Juan el Apóstol: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19:27). La Iglesia entiende que Juan, el discípulo amado, representa a todos los que son discípulos fieles. María, la Madre de Dios (Theotokos), se convirtió, en un sentido espiritual, en Madre de la Iglesia y en nuestra madre. La veneramos con la misma reverencia y respeto que les debemos a nuestras madres, y reconocemos que el nombre de «madre» se encuentra entre los más sagrados de los nombres de María.

Cada vez que el papa León XIV exhorta a los líderes del mundo, y a todos nosotros, a orar y trabajar por la paz, invoca la intercesión de la Santísima Virgen María, Reina de la Paz. “Mientras nuestra tierra sigue herida por las guerras en Tierra Santa, en Ucrania y en muchas otras regiones del mundo, invito a todos los fieles a vivir la jornada del 22 de agosto en ayuno y oración, suplicando al Señor que nos conceda la paz y la justicia y que seque las lágrimas de los que sufren a causa de los continuos conflictos armados.”

Unámonos al papa León en la oración: “Que María, Reina de la Paz, interceda para que los pueblos encuentren el camino de la paz.” †

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