Cristo, la piedra angular
El ‘sí’ de María da lugar al nacimiento de Cristo y a su gloria
Mañana 22 de agosto celebramos la festividad conocida como Santa María, Reina del cielo y de la tierra. Esta no es una fiesta mariana importante, pero tiene vínculos significativos con la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, que celebramos el 15 de agosto, porque María es la Reina del Universo gracias a su posición privilegiada como Madre de Cristo en el cielo.
María ascendió al cielo—en cuerpo y alma—porque su Inmaculada Concepción la liberó de la carga del pecado humano. Esto es lo que Dios tenía previsto para todos los seres humanos: una transición sin contratiempos de la vida terrenal a la alegría celestial.
El pecado original de nuestros primeros padres cambió radicalmente las cosas e hizo de la muerte algo que hay que soportar, a menudo de manera dolorosa. La experiencia de María no solo nos muestra cómo debían ser las cosas, sino que también presagia cómo serán al final de los tiempos.
Nosotros, los cristianos, creemos “en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro.” En el Credo de Nicea, profesamos nuestra fe en que Jesús “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.” María acompaña a su Hijo como su Madre. Aunque no tiene autoridad propia, comparte el poder divino de su Hijo y participa de su gloria, del mismo modo que nuestra luna refleja la luz que genera el sol.
Este principio se refleja en el modelo bíblico de la monarquía davídica, en el que la madre del rey ocupaba un lugar de honor especial. La Iglesia ve a María como el cumplimiento de este modelo: ella es la madre del Mesías, el Hijo de David, y la mujer cuyo consentimiento hizo posible la Encarnación.
La dignidad real de María también se ve reflejada en su gran canto de alabanza, el Magnificat: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1:48). María no reclama este honor como una forma de autoexaltación. De inmediato, atribuye toda la gloria a Dios: “Porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso” (Lc 1:49). Su reinado, como cada gracia que se le ha concedido, glorifica a Dios más que a ella misma. Es su profunda humildad la que le permite elevarse más allá de todas las expectativas comunes.
Esta es una gran paradoja cristiana. La humilde joven de Nazaret (un pueblo desconocido en un rincón remoto del mundo antiguo) se convierte en Reina del Universo gracias a su respuesta al mensajero de Dios, su fiat: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1:38).
El resultado es el mayor milagro que se pueda imaginar: Dios se hace hombre. El Señor del Universo asume la naturaleza humana de María y se une para siempre a toda la humanidad. El papel de María no es nada insignificante: en primer lugar, da su libre consentimiento y, luego, lleva en su vientre al Hijo de Dios, convirtiéndose así en la Madre de Dios (Theotokos) y en la nueva Eva, la madre de todos los vivientes.
La realeza de María es como la autoridad de una madre dentro de una familia: personal, compasiva, protectora y orientada hacia el bien de sus hijos. Su dignidad real se expresa a través de la intercesión y el servicio, más que de la dominación.
La realeza de María está ligada a su papel en la historia de la salvación. Ella no hizo nada por sus propios medios al margen de Cristo. Solo Él es el Salvador de la humanidad. Pero Dios decidió involucrarla de manera única en el misterio de la Encarnación, así como en el desarrollo de la obra salvífica de Cristo, aunque en forma subordinada y dependiente.
La imagen bíblica más clara relacionada con la condición de reina de María aparece en el Libro del Apocalipsis:
Apareció en el cielo un signo sorprendente: una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y tocada con una corona de doce estrellas. (Ap 12:1)
La Mujer dio a luz un Hijo varón, “el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro.” Pero su hijo fue arrebatado y llevado hasta Dios y su trono (Ap 12:5). El pasaje presenta a la mujer como glorificada, coronada y partícipe del conflicto cósmico entre el niño y el dragón.
La realeza de María significa que ella se encuentra junto a Cristo en el triunfo de la gracia sobre el pecado y la muerte. El capítulo 12 del Apocalipsis describe a la mujer en conflicto con el dragón, lo que simboliza la lucha entre el reino de Dios y las fuerzas que se le oponen. La realeza de María presagia el destino definitivo de la Iglesia: la victoria a través de la fidelidad a Dios y la participación en el triunfo de Cristo.
Veneramos a María porque ella nos muestra de manera concreta cómo ser discípulos misioneros fieles de su Hijo. Fue la primera en seguir los pasos de Jesús, incluso en el Vía Crucis. Y, cuando llegó el momento oportuno, lo siguió hasta su patria celestial, donde ejerce su reinado como Reina del Universo.
En honor a María, recemos juntos la Salve: Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. … Amén. †