August 7, 2026

Cristo, la piedra angular

Jesús calma las tormentas y nos llama a ser valientes

Archbishop Charles C. Thompson

Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Al atardecer estaba solo allí. (Mt 14:22-23).

La lectura del Evangelio del decimonoveno domingo del tiempo ordinario narra la conocida historia de Jesús caminando sobre las aguas.

Después de alimentar a una inmensa multitud, Jesús envía a sus discípulos en una barca a la orilla opuesta del mar de Galilea. Así pudo pasar un momento de tranquilidad a solas con su Padre en oración. Todos los milagros que Jesús realizó—incluidos sanar a los enfermos, alimentar a los hambrientos, expulsar demonios y calmar tormentas violentas—fueron impulsados por la oración, por la relación íntima que Jesús tenía con su Padre en los cielos y con el Espíritu Santo.

La oración encierra un gran poder. Como expresión de fe, es un puente que nos conecta con el mundo más allá de lo que podemos ver, tocar y experimentar en nuestra vida cotidiana.

A través de la oración, nuestras mentes se iluminan y nuestros corazones se expanden, lo que nos permite superar nuestras limitaciones físicas, intelectuales y emocionales.

Mediante la oración, podemos unirnos a la comunión de los santos para contemplar (al menos brevemente) la belleza, la verdad y la bondad de Dios. Lo que nuestros ojos no pueden ver por sí mismos, y lo que nuestras mentes no pueden comprender sin ayuda, se nos revela en momentos de oración sincera. ¡Ojalá nuestra fe fuera lo suficientemente fuerte como para sostener estas experiencias únicas y llenas de gracia de unidad con nuestro Creador!

Los discípulos se enfrentaron a una de las violentas tormentas que son comunes en el mar de Galilea. San Mateo nos dice que:

La barca, que se hallaba ya muchos estadios distante de tierra, era zarandeada por las olas, pues el viento soplaba en contra. A la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y se pusieron a gritar de miedo. Pero al instante les habló así Jesús: “¡Tranquilos!, soy yo. No temáis.” (Mt 14:24-27)

La imagen de Jesús caminando sobre el agua se nos ha vuelto tan familiar que corremos el riesgo de pasar por alto su significado.

Para los pescadores experimentados, que habían pasado toda su vida en el agua, la visión de una figura extraña que se acercaba a ellos debió de parecerles verdaderamente fantasmal. ¿Cómo podría un hombre “caminar sobre el mar” sin ser engullido por sus aguas embravecidas?

Al menos al principio, Pedro ve con los ojos de la fe; reconoce a Jesús y exclama con entusiasmo: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas” (Mt 14:28). El Señor le dice sencillamente: “¡Ven!” (Mt 14:29) Y, durante unos instantes asombrosos, Pedro, como hombre, es capaz de trascender las leyes de la naturaleza y “caminar sobre las aguas, en dirección a Jesús” (Mt 14:29). Imagínese cómo se habrá sentido este hombre curtido por el mar. Por primera vez en su vida, pudo desafiar las poderosas fuerzas de la naturaleza y caminar con confianza por las aguas turbulentas que lo rodeaban.

Desafortunadamente, la realidad de su débil humanidad se impuso a la confianza de Pedro y lo llevó a dudar:

Pero, al sentir la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!.” Jesús tendió al punto la mano, lo agarró y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14:30-31)

La fe de Pedro no era lo suficientemente fuerte como para sostenerlo ante su incertidumbre. Él creía en Jesús y confiaba en él lo mejor que podía, pero en esta etapa de su vida Pedro aún no tenía el valor de entregarse por completo al poder salvador del Señor. Esto no ocurrirá sino hasta después de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Al principio, Pedro fracasará en la prueba decisiva al negar a Jesús tres veces, pero se arrepentirá y será perdonado por su Señor después de prometer—una vez más, tres veces—“apacentar a mis ovejas” y servir a la Iglesia recién establecida por Cristo como su Pastor Supremo.

Al igual que el resto de los discípulos, y que todos nosotros, Pedro tendrá que soportar muchas tormentas mientras busca servir como discípulo misionero de Jesucristo. En última instancia, Jesús calmará todas las tormentas, y la fe de Pedro le permitirá hacer cosas que de otra manera serían imposibles: continuar la obra de Jesús al servicio de nuestras hermanas y hermanos en todas partes.

Oremos para tener el tipo de fe que nos permite ser valientes y hacer cosas imposibles, incluso caminar sobre el agua (al menos en sentido figurado) en respuesta a las órdenes de nuestro Señor. †

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