July 24, 2026

Cristo, la piedra angular

Esfuércense al máximo en el amor y el servicio

Archbishop Charles C. Thompson

El Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. (Mt 20:28)

El 25 de julio, la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de Santiago. A este apóstol se le conoce como “Santiago el Mayor” para distinguirlo de otro que lleva el mismo nombre.

El Santiago cuya fiesta celebramos mañana formaba parte del círculo íntimo de Jesús. Junto con san Pedro y san Juan, fue testigo de la Transfiguración del Señor. Además, estuvo presente en la curación de la suegra de Pedro, en la resurrección de la hija de Jairo y en la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní, momentos clave en la vida y el ministerio de Jesús.

Debemos tener cuidado de no dar por sentado que el hecho de que se le llame “el Mayor” signifique que fuera “mejor que” o “más importante que” los demás apóstoles, especialmente el otro Santiago, a quien se identifica en todos los Evangelios sinópticos como “el hijo de Alfeo” o “Santiago el Menor.” Partir de esta suposición sería malinterpretar lo que dice Jesús en la lectura del Evangelio de la festividad de mañana (Mt 20:20-28).

San Mateo cita a Jesús diciendo que solo Dios Padre puede otorgar honor o distinción a los seguidores de su Hijo. Este reconocimiento otorgado por Dios solo se produce como resultado de la disposición del discípulo a despojarse de toda ambición mundana, a “beber la copa” del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. Como dice san Mateo:

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le preguntó: “¿Qué quieres?” Respondió ella: “Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Replicó Jesús: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?” Respondieron: “Sí, podemos.” Entonces les dijo: “Desde luego que beberéis mi copa. Pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no está en mis manos concederlo. Será para quienes mi Padre lo tenga dispuesto.” (Mt 20:20-23)

La generosidad, el amor abnegado y el servicio genuino son lo que distingue a los discípulos misioneros de Jesucristo del resto de las personas. Estas cualidades son las que nos hacen santos y las que nos coronan con la marca distintiva de la humildad que caracteriza a los verdaderos seguidores de Jesucristo.

San Mateo cuenta que Jesús aprovechó esta ocasión para ayudar a sus discípulos a comprender mejor lo que les encomendaba:

Al oír esto los otros diez, se indignaron con los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, pues el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.” (Mt 20:24-28)

Santiago, hijo de Zebedeo, no estaba destinado a alcanzar la grandeza mundana ni a alcanzar un estatus social. Fue llamado a “ir más allá” en el amor y el servicio, y luego a entregar su vida como mártir por su fe en el santo nombre de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles (Hch 12:2) relata que “el rey Herodes” (oficialmente Herodes Agripa I) mandó “ejecutar a filo de espada a Santiago” en el año 44 d. C., y la tradición sugiere que fue el segundo apóstol en morir después de Judas Iscariote y el primero en ser martirizado.

La tradición también sugiere que, tras la ascensión de Jesús, cuando los apóstoles fueron enviados a predicar el Evangelio, el apóstol Santiago cruzó el mar Mediterráneo y llegó a la región conocida entonces como Hispania (hoy España y Portugal). Los estudiosos de la Biblia cuestionan la exactitud histórica de estos relatos, pero lo cierto es que, en los inicios de la historia cristiana, el apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, se convirtió en el santo patrón de España y, según la tradición, lo que se cree que son sus restos se conservan en la catedral de Santiago de Compostela en Galicia, España.

Cada año, miles de peregrinos recorren el Camino de Santiago, que conduce al santuario de Santiago el Mayor en Santiago de Compostela. Desde el siglo IX, este ha sido el destino final de esta importante ruta de peregrinación católica.

Santiago respondió al llamado del Señor dejando de lado de inmediato su trabajo cotidiano y dedicándose por completo a proclamar la Palabra de Dios. Que sigamos su ejemplo y nos distingamos por nuestro servicio humilde. †

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