Cristo, la piedra angular
Escuchemos a Dios y abrámosle el corazón
La oración es una conversación con Dios. No hace falta entender cómo hablar con Dios. Simplemente hay que hacerlo. A Él le encanta escucharnos y se deleita especialmente en nuestro silencio cuando lo escuchamos a Él. (Catherine de Hueck Doherty, Soul of My Soul: Reflections from a Life of Prayer [Alma de mi alma: Reflexiones de una vida de oración]).
La mayoría de nosotros piensa que la oración es un monólogo. Le hablamos a Dios y le expresamos nuestras necesidades y deseos, nuestras esperanzas y sueños.
Incluso la oración que Jesús nos enseñó, a la que llamamos con razón “El Padrenuestro,” se presenta en forma de alabanza (“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”) y de petición (“danos hoy nuestro pan de cada día”). Nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre y le pedimos que haga por nosotros lo que no podemos hacer por nuestra cuenta (“perdona nuestras ofensas” y “no nos dejes caer en la tentación”).
Lo que a menudo no nos damos cuenta es que la oración es un diálogo, y que para que nuestra comunicación con Dios sea fructífera, debemos escuchar tanto o más de lo que hablamos.
Cuando decimos “hágase tu voluntad,” nos comprometemos a escuchar la Palabra de Dios para descubrir qué quiere Él para nosotros. Esto exige que prestemos atención a lo que Dios nos está diciendo. Significa abordar la oración como una conversación bidireccional, un diálogo y no un monólogo.
En la lectura del Evangelio del decimoquinto domingo del tiempo ordinario (Mt 13:1-23), los discípulos le preguntan a Jesús por qué enseña a las multitudes mediante parábolas. Esta es su respuesta:
Por eso les hablo en parábolas, porque mirando no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías:
“Oír, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.”
¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron. (Mt 13:13-17).
Para escuchar lo que Dios nos dice, es necesario escuchar con la mente abierta y el corazón receptivo. No podemos discernir la voluntad de Dios para nosotros si no escuchamos lo que Él nos dice. No podemos orar de manera eficaz si solo hablamos nosotros.
Catherine de Hueck Doherty fue una escritora espiritual cuya vida a menudo se pone como ejemplo para quienes se sienten atraídos por la oración y el ministerio social. Con frecuencia se la incluye en las listas de hombres y mujeres santos cuya obra se recomienda leer cuando se reflexiona sobre vidas centradas en la oración, la contemplación y el servicio. Fundó la Friendship House en Harlem, Nueva York, en 1938, y más tarde el Apostolado Madonna House en Combermere, Canadá.
En Soul of My Soul: Reflections from a Life of Prayer, escribe:
Escúchenlo [a Dios]. Sus palabras son de vital importancia para nosotros. Aférrense a Él con todas sus fuerzas y dejen que todo lo demás pase a un segundo plano. Nada tiene mayor importancia que Dios. Cuando Él se convierte en el centro de nuestra vida, todo lo demás encajará en su lugar.
Escuchar la Palabra de Dios en las Escrituras, en la oración, en la predicación, al recibir la Sagrada Eucaristía y los demás sacramentos, y en el clamor sincero de los pobres y los vulnerables, nos hace receptivos a Su voluntad para con nosotros y para con el mundo. Escuchar nos permite orar de manera auténtica: “Hágase tu voluntad” y transforma nuestra oración de un monólogo egocéntrico en un diálogo volcado hacia el otro con el Señor, quien nos escucha porque nos ama.
La santa Palabra de Dios nos llega de muchas formas diferentes a lo largo de cada día, siempre y cuando estemos dispuestos a escucharla.
Como nos lo dice la primera lectura de este domingo con bellas imágenes:
Así dice el Señor: Del mismo modo que descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá de vacío, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y produzca pan para comer, así será la palabra de mi boca: no tornará a mí de vacío, pues realizará lo que me he propuesto y será eficaz en lo que le mande. (Is 55:10–11).
La Palabra de Dios cumple su propósito cuando se siembra en tierra fértil y se le permite echar raíces y crecer. Cuando nuestros corazones están abiertos y escuchamos con atención, la Palabra de Dios se arraiga en nosotros. †