Cristo, la piedra angular
Entreguémonos a la Eucaristía y dejemos que Jesús renueve nuestro país
El fin de semana pasado celebramos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi). En esta festividad, tuvimos la oportunidad única de proclamar el maravilloso misterio de la Eucaristía de una manera muy pública: en procesión y con cantos de gran alegría.
San Juan Pablo II nos recordó que la Iglesia “no solo celebra la Eucaristía, sino que la lleva solemnemente en procesión, proclamando públicamente que el sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero.” Corpus Christi es un día en el que los discípulos misioneros de Jesús declaramos con valentía que somos uno en él y que él nos une a todos como un solo pan, un solo cuerpo, en él.
Las procesiones eucarísticas, como las que precedieron al X Congreso Eucarístico Nacional celebrado del 17 al 21 de julio de 2024 en Indianápolis, son ceremonias públicas en las que se lleva con reverencia el Santísimo Sacramento por las calles para que los fieles puedan honrar y adorar a Jesús verdaderamente presente en la Eucaristía.
No son solo desfiles simbólicos; expresan y proclaman la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Una procesión eucarística significa que acompañamos a Jesús en la Eucaristía con reverencia, amor y fe pública, mientras pedimos su bendición para la Iglesia y el mundo.
En la lectura del Evangelio para Corpus Christi (Jn 6:51-58), Jesús le dice a la multitud judía: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo” (Jn 6:51). Enseguida discutieron entre sí, diciendo: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6:52). No es una pregunta descabellada, sobre todo porque Jesús no estaba hablando en sentido simbólico ni metafórico, sino que, como deja claro el resto del pasaje del Evangelio, quería decir exactamente lo que dijo:
En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros antepasados, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre. (Jn 6:53-58)
Los judíos, como es comprensible, quedaron escandalizados y confundidos por la contundente afirmación del Señor. La sola idea de que quienes deseamos seguir a Jesús debamos comer su carne y beber su sangre resulta escandalosa. No tiene sentido a menos que podamos entregar nuestra mente y nuestro corazón por completo y luego poner toda nuestra confianza en su poder divino.
Tenemos que confiar en Jesús sin reservas cuando nos dice que él mismo es la fuente de nuestra vida, y que la única forma en que podemos estar verdaderamente vivos es recibiéndolo en la Sagrada Comunión. El pan que comemos y el vino que bebemos son Cristo mismo. Nosotros, que somos muchas personas diferentes, nos convertimos en un solo cuerpo en Cristo, y participamos activamente en su misión al recibir su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Expresamos esta unidad cuando nos reunimos públicamente para acompañar al Santísimo Sacramento en la procesión eucarística.
En honor al 250.º aniversario de Estados Unidos, la Peregrinación Eucarística Nacional de 2026 tiene como tema “Una nación bajo Dios.” Esto no es un eslogan: es una invitación a reorientar nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestro país bajo la soberanía de Cristo. Es un llamado a construir la unidad y a dejar que Jesús, presente en la Eucaristía, renueve y sane el corazón de nuestro país.
La peregrinación comenzó el fin de semana del Día de los Caídos en San Agustín, Florida, cerca de donde se celebró la primera misa. Continúa por la costa este, pasando por la mayoría de las 13 colonias originales. Se harán paradas en la Arquidiócesis de Baltimore, la primera diócesis de nuestro país, así como en la Arquidiócesis de Boston, para visitar sitios históricos importantes. La peregrinación concluye el fin de semana del 4 de julio en Filadelfia, donde se firmó la Declaración de Independencia hace 250 años.
Como enseña san Pablo (1 Cor 10:16-17), el cáliz de bendición que consagramos nos hace partícipes de la sangre de Cristo, y el pan que partimos nos hace partícipes de su cuerpo. Este verano, demos testimonio de nuestra participación en este misterio celebrando la Sagrada Eucaristía con profunda reverencia y gran alegría. †